jueves, 15 de noviembre de 2018

Durruti Constructor, Antonio Pérez


 Antonio Pérez

Cuando el diablo no tiene qué hacer, mata moscas con el rabo” es un refrán español que generalmente se entiende como una denuncia de la inutilidad de ciertos esfuerzos. Pero no suele recordarse que una de sus variantes representa todo lo contrario: Cuando el diablo no tiene qué hacer, coge la escoba y se pone a barrer”. Ahora bien, barrer puede leerse en dos sentidos, el metafórico de destruir y el literal de limpiar. La imagen del Diablo Buenaventura Durruti Dumange que nos inculca la historiografía oficiosa lo retrata única y exclusivamente como un energúmeno destroyer que no construyó nada.
Para contrarrestar mínimamente esa imagen hemos escrito la presente nota.
En su primera parte, narraremos el olvidado ejemplo de un Durruti desarmado y preso en una isla militarizada donde, en lugar de convertirse en un pasivo Caballero de la Máscara de Hierro o en un confuso y vengativo Conde de Montecristo, le veremos organizando con la cabeza prieta y las manos desnudas a los majoreros -así se denomina a los habitantes de Fuerteventura-. En la segunda parte, comentaremos aún más brevemente la maliciosa especie de que las colectividades de Aragón que brotaron al paso de la Columna Durruti no fueron voluntarias sino forzadas por los milicianos.
Dicho de otro modo, hemos huido de los tópicos habituales que retratan a Durruti como un aventurero hiperactivo que lo mismo financia con el botín de sus asaltos a los bancos a grupos anarquistas en América Latina que acribilla a un cardenal o derrota a los fascistas sublevados en Barcelona. Aún con mayor presteza huiremos de las polémicas más en estúpida boga; no entraremos en averiguaciones psicológicas sobre su personalidad o sobre su vida privada. Ni militares sobre la causa última de su muerte ni tampoco –más psicología- sobre los hipotéticos rasgos autoritarios que algunos le suponen. Y, evidentemente, no discutiremos ni un instante sobre su papel en la marcha general del anarquismo español. Para comentar la figura de un Durruti constructor -nuestro propósito actual-, nos limitaremos a unos recuerdos majoreros con aires de etnografía política y a unas pocas cifras aragonesas.

Durruti entre el pueblo majorero
Por haber participado en la insurrección del Alto Llobregat, el 13.abril.1932, Durruti y siete compañeros –Domingo Ascaso entre ellos- fueron embarcados en Las Palmas en el destructor Cánovas y desembarcados en Puerto de Cabras (hoy, Puerto del Rosario; Fuerteventura) En esa única ciudad de aquella isla, estuvo recluido cuatro meses y medio. Según escribe un estudioso majorero:
<<En carta a su hermana Rosa del 18 de abril de 1936, desde Puerto de Cabras, Durruti le dice que hasta el día anterior y desde el 10 de febrero había estado prácticamente incomunicado del mundo exterior. Continúa reprochando al Gobierno la poca sensibilidad que han tenido con ellos. Que es una isla muy descuidada por todos los gobiernos que han gobernado a España. Viven en el cuartel y les dan 1,75 pts. para la manutención diaria de todos. Hace alusión al destierro de Unamuno y Soriano. Comenta que cuando llegaron:
El vecindario de la isla estaba asustado. Les habían dicho que nosotros nos comíamos a los niños crudos. Pero en cuanto nos han visto, hablado y tratado se han tranquilizado y dejan a los niños jugar con nosotros”. 
Le da cuenta que ha conocido a personas que lo han invitado a su casa y le prestan libros. Y termina diciéndole que cuando vuelva a la península pedirá explicaciones a los socialistas que han votado su deportación.

La carta que con fecha 12 de julio de 1971 escribe el majorero D. Ramón Castañeyra Schamán a Abel Paz, que le había solicitado información de Durruti, es el mejor testimonio que justifica el talante humanitario de Durruti, las ansias de cultura, la honestidad en las ideas y forma de vida.  A continuación damos parte del texto de la carta, para que sean ustedes mismos los que juzguen y valoren las palabras escritas por D. Ramón a pesar de ser un enemigo ideológico:

Tenía subidos ingredientes anarquistas, y yo era su antagonista en todas las discusiones que teníamos en lo ateniente a la ideología de ambos. Pero mi hermano llegó a Barcelona, en el Villa de Madrid el 20 de julio de 1936; y se vio acusado de fascista por uno de los camareros del buque, se acordó de que nos había visto conversar y se dirigió a él expresándole que era hermano mío. Fue suficiente para que Durruti le colocara en una casa de confianza, evitándole el paseo terminal (…). Recuerdo que este anarquista de acción y muy audaz era también muy sentimental, pues recuerdo que estando aquí me leyó una carta de su compañera, en la que le comunicaba que una hijita de ambos estaba muy enferma, y con dificultad pudo terminar de leer porque la emoción que lo embargaba se lo impedía… Durruti, aquí, hacía una vida ordenada y contemplativa. Me pedía libros-pues yo hice amistad con él que yo le prestaba. Y se pasaba horas en el malecón del muelle. Le gustaban mucho las mujeres, con las que tuvo ciertos éxitos”

Tuve la suerte años atrás de entrevistar algunas personas de Fuerteventura que conocieron a Durruti, algunos de ellos simpatizantes si no afiliados a la CNT. Unos me dijeron alguna información y anécdotas, otros nada quisieron decir. Entre los que me aportaron alguna información está: D. Juan Hormiga Rodríguez (al iniciarse la guerra fue apresado y estuvo seis meses en el Campo de Concentración de Gando). D. Juan me dijo que se reunía en los escalones del callejón de Juanito El Cojo con portuarios, obreros y marineros, informándoles del sindicato, como organizarse, etc. Que era un hombre que ayudaba mucho; él mismo vio como en ocasiones le daba dinero a gente que venía del campo para comprar alpargatas u otras necesidades

Otra persona que me dio noticias de él fue D. Antonio Hormiga Domínguez, me decía que ocupaba parte del tiempo impartiendo clase a los niños y personas mayores que lo deseasen. D. Antonio me confirmó que el mismo llegó a ir. D. Jesús Machín me comentó que tenía una tertulia en casa de D. Julio (sargento de marina), a la cual asistía un reparador de telégrafos>>
[Véase, Elías Rodríguez Rodríguez, en http://fuerteventuralimpia.blogspot.com/2013/01/buenaventura-durruti-en-puerto-de.html. La antecitada y extensa carta de Durruti a su hermana en la que detalla su confinamiento, puede leerse semicompleta en la conocida biografía Durruti. El proletariado en armas, de Abel Paz (Diego Camacho), Barcelona, 1978]
El 29.VIII.1932, la protesta popular obligó a la República a liberar a todos los detenidos por la insurrección del Alto Llobregat. Pero antes de regresar a Barcelona, Durruti y sus compañeros ya habían organizado la CNT en Fuerteventura. Poco más sabemos de este asunto puesto que, al iniciarse el golpe de Estado nacional-católico, la documentación cenetista fue enterrada en un saco a la entrada de Playa Blanca y allí se perdió –por ahora-.

Durruti constructor en plena revolución española
La guerra, cualquier guerra, acelera vertiginosamente los procesos sociales. Por esta razón, nada podemos imaginar sobre lo que hubiera conseguido Durruti de no haber muerto -o sido asesinado- a los cuatro meses de que estallara el ‘glorioso alzamiento nacional’. Poco y manifiestamente caprichoso, por mucho que ahora sea majadera moda historiográfica perorar sobre “qué hubiera pasado si tal o cual hecho hubieran acabado de distinta manera”.
Sólo podemos observar el fenómeno de las colectividades aragonesas que fueron construyéndose al paso de la Columna Durruti. Y es que sobre esta efímera revolución mentes preclaras pero tendenciosas sostienen que fueron creadas por la fuerza de las armas milicianas y no por voluntad libre de los colectivizados. Para demostrarlo, su principal argumento estriba en comparar el número de cenetistas antes de julio 1936 con el número de colectivizados de semanas después. Hecha la cuenta de la vieja, todo indica que los colectivizados –mayormente campesinos dada la estructura social de aquél entonces- sobrepasan en mucho a los cenetistas de vieja data.  
Y eso, ¿qué demuestra? Pero, antes responder cumplidamente, observemos las cantidades en juego aunque siempre teniendo en cuenta que los números relacionados con el anarquismo son siempre dificilísimos de comprobar, máxime cuando hay una guerra abierta por medio:
Antes de julio 36, dícese que había 18.000 afiliados a la CNT en Zaragoza capital y, en el medio rural, unos 17.000 más. Sin embargo, en 1937, había 280 colectividades, con 141.794 afiliados: Huesca, con 137 localidades y 85.522 personas; Teruel, 116 y 48.618; Zaragoza, 24 y 7.524. Obviamente, es notorio el enorme crecimiento de la afiliación cenetista durante el primer año de la revolución española o guerra civil. Esto según unos autores –innumerables-; según otros -que también son innumerables-, más del setenta por ciento de la población [rural] fue colectivizada y, en menos de tres meses, se constituyeron cerca de quinientas colectividades. A lo que añadiremos que no todas fueron campesinas sino que también se dieron casos de socialización de servicios públicos (Barbastro, Caspe) y de algunas actividades industriales y mineras (Alcañiz, Beceite, Andorra) Como rezan los papeles convencionales, todas ellas formaron la no menos efímera Federación de Colectividades Aragonesas, dependiente del Consejo de Defensa de Aragón… Y todas ellas fueron disueltas en agosto/septiembre de 1937 por un nuevo gobierno del Frente Popular -o, mejor dicho, por las tropas regulares del ‘héroe comunista’ Líster-.
Provistos de numerologías varias, podemos afirmar que:
a)    El mencionado incremento de cenetistas aragoneses ni fue tan exagerado ni debemos atribuirlo exclusivamente a los fusiles de la Columna Durruti –y de otras columnas-. Después de que comenzara el genocidio franquista, ¿qué otra vía se les dejaba a los aragoneses que no fuera la organización urgente y masiva?, ¿debemos culparles porque, entre los tipos de organización que les propuso la República, escogieron la anarquista?
b)    En cuanto a la voluntariedad de esas organizaciones, subrayaremos que las colectividades no fueron nunca totales o absolutas. A los renuentes, sólo se les prohibía poseer más tierra de la que pudieran cultivar. Que estos individualistas sobrevivieran en cantidades muy variables demuestra que no fueron obligados a colectivizarse.
Por otro lado, a posteriori del paso de la Columna Durruti, se observó que “que el rendimiento de la tierra colectivizada se incrementó entre un 30% y un 50%. Las superficies sembradas aumentaron y los métodos de trabajo se perfeccionaron. Los cultivos se diversificaron, se iniciaron obras de regadío y repoblación forestal, se crearon escuelas técnicas rurales y granjas de experimentación, se seleccionó el ganado y se fomentó su reproducción, se pusieron en marcha industrias auxiliares” (Julio C. Alderete) Visto este éxito económico, ¿por qué los campesinos aragoneses tendrían que haberse opuesto a las medidas revolucionarias propuestas por Durruti?
Las mentes preclaras que predican la obligatoriedad manu militari impuesta por Durruti, desdeñan nuestros anteriores argumentos y, como última trinchera, derivan a los topicazos más comunes sobre el campesinado. Según éstos improvisados psicólogos sociales, el campesino es naturalmente individualista y detesta que le obliguen a trabajar en comunidad –cierto… pero según y cómo-. Olvidan que la etnografía posee un enorme corpus de trabajos comunitarios –tequio, gozona, minga, cayapa, guelaguetza, ayni, mutirao, fajina, community work, etc.- que socavan ese lugar común pero, mucho peor aún, en este caso concreto que hoy nos ocupa olvidan que el campesino aragonés de 1936 no poseía generalmente ningún terruño al que aferrarse puesto que, en su mayoría, era un jornalero quizá menos errante que el gallego pero desde luego más nómada que el francés. Dicho sea para que no nos cuelen psicologías sociales más que dudosas, para que no se olviden criminalmente de lo que supone un genocidio, para que abandonen la caricatura de un Durruti destroyer y, en definitiva, para que no nos confundan de personaje, lugar y tiempo.

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